Afinándonos

Las instrucciones básicas que recibe un principiante para meditar son sencillas: Observa atentamente lo que aparece en tu mente y vuelve al objeto de tu atención una y otra vez. Pero la práctica no es fácil, aparecen obstáculos y actitudes mentales que interfieren en ella.

El quid del asunto es que más que aprender algo nuevo, se trata más bien de desaprender pautas viejas. Pretendemos soltar juicios, resistencias, apegos, metas y expectativas. De modo que necesitamos guías e instrucciones adecuadas para ello. 

Se han creado una serie de metáforas para facilitarnos la comprensión del camino como la metáfora del instrumento musical.

Tocar un instrumento musical.
Buda comparaba meditar con afinar un laúd. Si aprietas demasiado las cuerdas se rompen; si las dejas demasiado flojas, no se consigue el sonido correcto. De igual modo, necesitas escuchar tu instrumento, tu cuerpo-mente, cuando meditas para ajustarlo. 

Si estás tenso, quizá puedas empezar con una relajación; si estás adormilado, quizá necesitas prestar atención a la postura, activar la concentración, o descansar antes.
A veces con un instrumento muy desajustado, es decir cuando existe gran desequilibrio y desasosiego, uno necesita empezar a construir la paz, por ejemplo con técnicas del hatha yoga, pranayama (respiración), tai-chi, etc. 

También podemos recurrir a la metáfora del aprendizaje del piano, que requiere hacer escalas, y repetirlas asiduamente una y otra vez. Hasta el momento de tocar el piano con gozo y fluidez hay un proceso de aprendizaje laborioso. Igual pasa con la meditación, que requiere de tiempo y energía hasta que llega a ser fluida, después de asimilar las pautas adecuadas y de superar los obstáculos y desconciertos habituales en la práctica.

Quieres tocar un instrumento?
Practicar de forma habitual mejora las habilidades del lenguaje, la memoria, la conducta o la inteligencia espacial.

Durante la última década se ha generalizado la investigación con músicos profesionales para el estudio de la plasticidad del cerebro.
El motivo parece claro: para lograr una gran velocidad en los dedos, un músico necesita un gran entrenamiento mental.

La música como terapia neuropsicológica mejora, sin duda, las habilidades del lenguaje, la memoria, la conducta o la inteligencia espacial (capacidad para percibir de forma detallada el mundo y formar imágenes mentales de los objetos).

Esta última es fundamental para los pensamientos de la vida cotidiana, desde solucionar problemas matemáticos complejos hasta envolver el almuerzo diario.

Un estudio llevado a cabo con niños de seis años, a quienes se enseñó a tocar un instrumento durante 15 meses seguidos, demostró que, al final del entrenamiento musical, todos los menores experimentaron cambios en su anatomía cerebral.
Las regiones afectadas empiezan a cambiar, incluso, a los pocos meses de iniciar el entrenamiento musical.

Las regiones del cerebro implicadas en el procesamiento de la música también son necesarias para otras tareas, como la memoria o habilidades del lenguaje.
Por tanto, “si la música tiene una fuerte influencia en la plasticidad del cerebro, es posible que este mismo efecto pueda utilizarse para mejorar el rendimiento cognitivo”.

Aprender a tocar un instrumento como "terapia".
La práctica de tocar mejora el estado anímico y su relación con los demás.

En el terreno individual, tocar un instrumento convierte a quien lo hace en una persona metódica que cuida los detalles (de lo contrario, no suena bien), planifica bien las tareas y tiene mucha capacidad de atención.
Esta conducta puede trasladarse a la labor propia del estudiante, a quien se exige calidad y resultados.
La música es un medio de expresión, y una consecuencia de ello es una buena autoestima.
Enseña a los jóvenes a vencer el miedo y asumir riesgos, aporta seguridad y autoconfianza.

Si se forma parte de una orquesta o grupo, la práctica mejora el trabajo en equipo (para lograr un objetivo único) y la disciplina: para que una orquesta suene bien, el conjunto debe trabajar en armonía.


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